Tribuna:
Se acabó la fiesta
Por José Salinas, presidente de la Asociación Española de Palacios de Congresos (APCE).
Estos dos últimos años de crisis económica se han reflejado en el mercado de reuniones de forma desigual: los congresos en general se han mantenido, con pequeños recortes, y han sido las convenciones de empresa las que más han sufrido. Es probable que, cuando se recupere la economía, lo que no hay duda de que ocurrirá, antes o después, la política de las empresas respecto de sus eventos no vuelva a ser como antes de 2008; ya se verá. Pero estamos en una nueva fase de la crisis, y todos los que hayan seguido el debate del pasado 11 de mayo en el Congreso ya sabrán que va a haber grandes recortes de gasto en las administraciones públicas, lo que puede plantear un problema en relación con tantos palacios de congresos que han surgido últimamente como de la nada -o están en fase de construcción o proyecto- sin un previo estudio de mercado ni criterios rigurosos de rentabilidad.
La famosa burbuja inmobiliaria que nos ha explotado delante de las narices como una pompa de jabón también incluye a tantos de esos edificios que han sobredimensionado la oferta de sedes para reuniones sin tener en cuenta la demanda. Y como muchos de esos edificios no son rentables por sí mismos y dependen de las subvenciones publicas… ¿qué pasará cuando las administraciones tengan que cerrar el grifo? ¿Cerrarán los palacios? ¿Se venderán? ¿Ofrecerán sus salas gratis en clara competencia desleal con los palacios que sí funcionamos correctamente? Por supuesto, es probable que muchos proyectos se paralicen; y esto, aunque les duela a sus alegres promotores, no será la peor solución.
Esto nos lleva una vez más a incidir en que la construcción de un palacio de congresos en una ciudad debe ser una decisión muy meditada, basada en estudios solventes; y que, una vez sabiamente adoptada, debe procurarse que los edificios sean eficientes tanto en su diseño -adaptados a las posibilidades reales de la ciudad y no considerándolos como un presuntuoso monumento a mayor gloria de quien sea-, como en su gestión, lo que implica que el palacio debe tener vocación de rentabilidad y no confiar en los subsidios. Hay que olvidarse de que “la Administración proveerá”. Se acabó la fiesta.
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